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Familias originarias construyeron el primer biodigestor comunitario de Rivadavia. Gracias a una iniciativa conjunta del Ministerio de la Primera Infancia y la Fundación del Alto, los habitantes de la zona empezarán a producir biogas o gas metano para encender sus cocinas y calefones. Además, utilizarán el material que genere este contendor para abonar y trabajar el suelo de sus comunidades.

Un biodigestor es un contenedor cerrado, hermético e impermeable  dentro del cual se deposita materia orgánica, como desechos vegetales, frutales o excremento. Toda esta mezcla se degrada y genera gas metano o biogás y un subproducto líquido (biol), que se puede utilizar como fertilizante para la tierra, ya que es rico en nitrógeno, fósforo y potasio.

Según explicó el Secretario de Articulación de Primera Infancia, Diego Cipri, “esta iniciativa cambiará por completo la vida en las familias que participan, ya que la construcción del biodisgestor también implicó la reorganización dentro de las comunidades”. Por su parte la presidenta de la fundación, Beatriz Corral, explicó que “fue un trabajo arduo que sin la participación activa de cada familia hubiera sido imposible de llevar adelante. En Rivadavia construimos corrales para los animales, trabajamos la tierra y ahora estamos refaccionando y levantando una cocina, un baño y un lavadero, todo quedará instalado al sistema de distribución de gas del biodigestor”.

Si bien este es el primer dispositivo,  desde Primera Infancia se informó que con el tiempo el proyecto se extenderá por más comunidades del norte. La obra forma parte de un programa de desarrollo y fortalecimiento social que promueve la fundación y el ministerio para impulsar, junto a las habitantes de la zona, una mejora en la calidad de vida de las comunidades.  

Todo inició con la creación de los Centros de Influencia Para el Desarrollo, espacios comunitarios que la fundación, el Ministerio y las comunidades originarias pusieron en funcionamiento en Rivadavia y la Unión. En total existen siete centros en el norte salteño, tres en Rivadavia y cuatro en la Unión.

Estos espacios son plataformas comunitarias de autogestión donde las familias se involucran de manera activa en el desarrollo de diferentes acciones que benefician a todos los participantes. “Desde los centros impulsamos programas de huertas comunitarias, talleres de formación profesional y de intercambio de experiencias o  productos”, dijo Beatriz Corral.

En relación a la metodología de trabajo Diego Cipri explicó que “el rol que cumplen las familias en cada centro es determinante para asegurar su éxito o fracaso. Esta propuesta busca promover el empoderamiento de los actores e involucrara todos en el proceso de transformación de la realidad. Estamos convencidos que si trabajamos de esta manera vamos a gestar cambios de fondo, reales y sostenibles en el tiempo”.

En total son 38 familias las que participan de las actividades de los centros. Todos ellos intervinieron en la construcción de los espacios y la ejecución de los proyectos comunitarios. “Las huertas están funcionando a pleno. En algunas comunidades ya se están cosechando zapallito o maíz, por ejemplo. Toda la obra y el trabajo se realiza utilizando mano de obra y materiales locales, preservando siempre la integridad de las personas y su entorno natural”.

“En cada centro se trabajan aspectos particulares de la comunidad, pero la propuesta global tiene tres ejes centrales: el desarrollo social y económico de los participantes y la preservación del medio ambiente. Estas líneas definen las acciones en cada uno de los espacio”, añadió la presidenta de la fundación.

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